sábado, julio 31, 2010

La Muerte

Bajo su negro manto estuve.
Su mano fría secó mi sudor
noche tras noche.
Abandonarme yo quería,
para huir de la falta de alegría.
¿Para qué vivir
-me decía día tras día-
si la luz se apagó
y nunca más vería su gallardía?
Mi fiel corcel tironeaba,
a bocados me llevó al valle.
Más, ¡ay!, que no gozaba yo
del aroma de la hierba,
del frescor de la fuente,
del canto del jilguero,
del amor de la lumbre,
de la palabra amable.
Volver ansía mi alma
bajo el negro manto a resguardarse.
Sólo la negrura pondrá paz en mi corazón
cuando la luz de la ilusión
se perdió en un mar de pasión.
Pasión insensata y ciega,
entre mentiras creyendo,
 e ilusiones soñando.
¡Muerte! ¡Ven!

Teresa Coscojuela

miércoles, julio 28, 2010

Una triste sonrisa

De la muerte regresé,
por todas partes te busqué
y sólo jirones de niebla encontré.

Faz entrevista en sueños,
entre el amor y la resignación,
del aciago fado ensoñados,
aceptando la maldición.

Eones de lágrimas que mis sábanas
han absorbido noche tras noche
mientras las estrellas titilaban,
allá en lo alto, con abnegación.

Noche, siempre compañera
que ocultas mi llanto a ojos indiscretos.
¡Luna!, tierna confidente
de aventuras sin fin,
amiga, ya en el mar, ya en lo alto,
junto a mí cabalgando.

Dos años entre la muerte y el dolor,
subiendo y bajando.
Sufrimiento inenarrable
y despreciado por mi amor.

Al fin tu caballo he visto galopar,
pero tú no lo cabalgas.
¿Qué te pasó, amor?
Triste es mi sonrisa,
pues no noto alegría en tu cantar.


Teresa Coscojuela

martes, julio 06, 2010

El Gran Blanco

Una larga historia tiene este relato. Cuatro años separan su primera parte en la que el protagonista llama a su hijo Athos y se lamenta al ver sus ojos enrojecidos, pensando que ha buceado sin gafas, hasta el presente final.
La primera parte de este relato fue presentada por mí al concurso de RAIB y pedí a su autor que lo terminase. Hoy, RAIB ya no existe, pero este blog fue satélite suyo, por ello me complace publicar por fin el relato completo. Más vale tarde que nunca.

Sólo citaré a su autor si este me lo pide, cosa que no creo. Pero tampoco creo que se moleste por la publicación, dado que me prometió el final.



Gran Blanco


Le pareció vislumbrar apenas como una mancha oscura que pasaba casi por debajo de sus pies. Un escalofrío le hizo hinchar el pecho y le llegó hasta la nuca. Sus sentidos se nublaron por un momento... Desesperadamente metió la cabeza en el mar e intentó ver algo. El agua no estaba muy turbia y podía ver la masa clara de la arena del fondo a poco más de dos metros y medio de profundidad. Casi hacía pié... Al girar la cabeza hacia la izquierda sí vio algo grande y cerca, muy cerca. El roce vino inmediatamente. Fue en su rodilla izquierda donde notó que algo le pasaba rozando, áspera y rápidamente. No veía bien, las gafas las había dejado en la orilla, en la camisa, y como nadaba con los ojos abiertos, no se había puesto lentillas; y además tenía la cabeza semi sumergida. Su impulso inmediato fue intentar salir del agua. Como fuera. Para ello y sin pensarlo, encogió las piernas hacia sí mismo e introdujo las manos hacia abajo hasta apoyarlas en la masa que pasaba rozándole. E intentó ponerse de pie sobre ella para impulsarse fuera del agua. Quería saltar; saltar alto, lejos del agua, hasta sostenerse en algún lugar inexistente que le permitiera no tener el más mínimo contacto con el mar.

Al hacer dicho intento, se encontró de pronto con medio cuerpo fuera del agua y propulsado hacia arriba y hacia adelante. Se había impulsado sobre algo que se movía deprisa hacia la orilla. Sus pies no resbalaron; por unos breves instantes pudo mantener un precario equilibrio mientras, borrosamente y como a un metro y medio a su derecha, y en la posición de las dos en un reloj, vió apenas, entre salpicaduras y a través de su miopía, otra masa sumergida. Y sobre ella, algo que surcaba el agua dejando una estela de espuma que pasaba por su costado derecho. Todo era caótico; vislumbraba la playa con los colores de las sombrillas, de la gente y de sus bañadores, formando un borroso calidoscopio que parecía muy cercano. Tenía que llegar allí como fuera. Tenía que alejarse de esta estúpida e incomprensible situación que le tenía bloqueado por un pánico incontrolable.

Y saltó. Sí, saltó. Se impulsó con todas sus fuerzas hacia aquella nueva forma que le ofrecía algo a lo que agarrarse, algo que surcaba el agua dejando una estela de espuma. Su pecho topó con algo duro y áspero, flexible pero firme. Sin saber cómo, se encontró asido a algo y se agarró como pudo a ello apretándolo a la vez contra su cabeza para no despegarse. Era como una tabla, una tabla de salvación que se movía y lo acercaba a la orilla. Entre sus piernas y muslos algo se movía de lado a lado produciéndole fuertes golpes, hasta que logró ponerse a horcajadas y apretarse fuertemente para no sentirse desmontado de esta improvisada y desconcertante cabalgadura. Las salpicaduras del agua salada y la espuma le tenían despistado y le impedían tomar el aire con naturalidad. Estaba tragando agua y no veía donde estaba. Pero estaba seguro de que se acercaba a la orilla... Algo le acercaba a la orilla.

Intentó afianzar su postura y quiso acercar las rodillas hacia su pecho mientras seguía a horcajadas sobre su montura. Quería protegerse, recogerse lo más posible. Una posición fetal, ¡sí, eso era! ¡Una posición como la de un jockey sobre su caballo! Pero la parte superior de sus muslos topaban con algo que le impedían adoptar dicha postura. Aguantó la respiración y consiguió subir una rodilla sobre dicho tope. Primero fue la derecha, y eso le hizo tener que agarrarse con más fuerza para evitar ser desmontado. Consiguió también repetir el movimiento con la otra pierna. La postura era extraña e inestable. Presionó con las rodillas como quien pasa de una posición fetal, similar a la del musulmán orante, a otra posición erguida sobre sus rodillas. Inexplicablemente ese movimiento hizo que su posición semisumergida se impulsara hacia arriba y quedara con el agua a la altura del pecho, sujetándose firmemente con ambas manos a algo estrecho justo delante suyo y que surcaba el agua hacia la playa.

Su visión escasamente nítida, propia de una alta miopía, no le impidió darse cuenta de lo inaudito de la situación. Estaba cabalgando rápidamente hacia la orilla, ¡cabalgando sobre un tiburón! ¡Y era grande! ¡Estaba sentado en el lomo de un tiburón, las rodillas sobre sus aletas pectorales y agarrotado más que agarrado a su aleta dorsal que tenía justo delante!

Empezó a chillar. No sabía si para pedir ayuda para su comprometidísima situación, o para avisar a los bañistas de lo que pasaba para que se protegieran. Pero chillaba. Gritos potentes y cortos. Las rodillas le permitían cierto control de la situación, conseguía mantener el equilibrio a pesar del movimiento de vaivén lateral cada vez más rápido. Pero además, cuanto más intentaba erguirse, más sobresalía el tremendo animal del agua. Casi intuía sus ojos a ras de la misma. La gente corría hacia la orilla a su lado... ¡Corrían! ¡Hacían pié!

De repente sus pies sintieron el contacto con la arena. La notó en sus empeines. Enseguida dejaron de avanzar. ¡Habían embarrancado! Pero él seguía asido con fuerza al animal que de pronto empezó a dar unas fortísimas sacudidas. ¡Lo iba a descabalgar! Se iba a caer al agua justo al lado de este monstruo. Se intentó abrazar a la aleta, ¡tenía que pensar!

No hizo falta. De pronto estaba rodeado de varios hombres que le sujetaron e intentaban agarrar al bicho. Tiraban de él con fuerza... Gritos, salpicaduras, bandazos, tirones... Hubo un momento en que perdió la noción de lo que pasaba.


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El aire susurraba agradablemente en sus oídos un ligero zumbido y movía suavemente su pelo. A su alrededor todo era azul claro y se sentía liviano. A su lado, una gaviota parecía suspendida en el aire. Sus plumas se mecían mientras su cabeza miraba a un sitio y a otro con rápidos y bruscos movimientos; como a saltitos. Miró hacia abajo. La playa, las sombrillas, la gente, la orilla,...

Estaba en el aire, flotando en el aire, sin esfuerzo, con una gaviota al lado que lo ignoraba... ¿Pero qué..? Había un grupo de gente, como un corro. No muy lejos, un gran pez en la orilla, y sangre, mucha sangre. ¿Y el otro? Había otro. El primero; desde el que consiguió saltar hacia ese que estaba ahí. No lo veía. Pero bueno, a éste lo han cogido. Han conseguido matarlo, parece.

Y oye su propia voz que le dice:
-Yo lo llevé hasta allí...-¿Yo?


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Cuando volvió a recuperar la consciencia estaba tumbado sobre una toalla, en la playa, boca arriba y rodeado de gente. Le pareció ver.., ¡sí era él! ¡Era su hijo Athos! Lo veía borroso pero era él. No le habían puesto las gafas, por eso no veía bien. Ahora se las pediría, estaban en su camisa al lado de la sombrilla. Se notaba dolorido y cansado, pero no especialmente. Aturdido sí; sin ganas de incorporarse ni de levantarse de momento. Thess también debía de estar por aquí.., y Nani, su otro hijo. Thess era su exmujer; la madre de sus hijos. Se habían reunido los cuatro después de tiempo, para ir a la playa. Un baño rápido antes de que llegue la hora de la avalancha, y a casa dando un paseo. Después, una comida familiar; de reencuentro y para darles una sorpresa. Su vida iba a dar un giro importante y quería comunicárselo.

-¡Athos! ¡Athos, hijo! Mis gafas. Están en mi camisa al lado de la toalla de tu madre... - pero no se oía a sí mismo. Estaba seguro de haber hablado en un tono de voz razonable, pero no oyó nada. Debían de habérsele taponado los oídos con toda esta odisea. ¡Un momento! ¡Sí; Athos le había oído! Se giró y se acercó rápido hasta casi abalanzarse sobre él.

-¡Papá, papá! ¿me oyes?- Tenía los ojos rojos. Muy rojos. Mira que le había dicho mil veces que no buceara sin gafas en esta playa. El agua no estaba demasiado limpia; a él a veces le producía hasta urticaria... Los ojos rojos y llorosos. ¡Ya había cogido alguna alergia..! Y es que por mucho que crezcan siempre seguirán siendo unos críos...

Poco a poco pareció dormirse. Los sonidos y colores de su alrededor se fueron apagando y difuminando sin poderlo evitar. Todo se volvió oscuro, de un profundo color azul casi negro. Ya no estaba cálido, ni notaba que estuviera apoyado sobre nada. Se sentía húmedo. Más que húmedo, empapado. Y el agua estaba fría. Lo notó especialmente cuando pasó por su garganta.., al respirarla.

No veía nada en aquella profunda oscuridad, pero sabía por donde iba. De alguna forma percibía todo lo que había a su alrededor. Alguna parte de su cuerpo parecía tocar algo a pesar de saberlo lejano. Y de algún modo también sabía que al lado de aquel lejano objeto grande había algo más pequeño que se movía. Y él sin saber ni cómo ni porqué, se acecaba hacia allí.


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Ya no podía aguantarlo más. Apareció en su vida cuando intentaba encontrarla de nuevo, y se agarró a él como a clavo ardiendo. Cuando se encontraba sola y desfallecida, él le tendió la mano. Pero ahora se había convertido en una carga.

No sabía como despegarse y hasta le daba reparo hacerlo. Le debía mucho, no podía hacerle daño. Seguro que esto se pasaría y no sería más que una crisis. En realidad no pasaba nada, todo era igual que siempre. O puede que eso fuera precisamente lo que ya no soportaba. Por eso aceptó la invitación de estos amigos. Le merecían toda su confianza. Nunca había pernoctado en un yate y era una oportunidad de probar esa experiencia. Se sentía nerviosa por ello, y tampoco sabía si se marearía ahí dentro. Pero le hacía ilusión la idea. Por eso le mintió.

Ignoraba lo que había pasado. Estaba dormida en el camarote de proa cuando sintió un tremendo ruido; como si la cabeza le hubiera estallado. Luego, no sabía cómo había terminado en el agua helada, intentando bracear para sacar la cabeza y respirar. Allí veía la embarcación, la popa, o así creía recordar que ellos llamaban a la parte de atrás. Parecía mucho más alta que cuando se encontraba a bordo. Curiosamente, también veía la hélice.., y estaba fuera del agua.

No veía a nadie más en el agua. El mar estaba tranquilo y había cosas flotando a su alrededor. Entonces pasó. Fue un tremendo fogonazo que le pareció a cámara lenta. El ruido lo sintió como si le hubieran apretado con fuerza los oídos de golpe. Pero le dió tiempo a meter la cabeza bajo el agua para evitar las llamas que venían hacia ella. Al sacarla de nuevo el panorama era muy distinto. Había humo. Ya no estaba la popa del barco. Y ahora sí veía a alguien en el agua, como a unos quince metros. Estaba boca abajo y no se movía.

De repente sí se movió. Fue un movimiento brusco, aunque no daba señales de vida. Se hundió de golpe y volvió a emerger. Inmediatamente recorrió deprisa unos cuantos metros hacia ella y se paró. Luego se repitió el movimiento hacia su izquierda. Mientras se movía pudo ver su cara que apenas sobresalía del agua. Era la pareja de Adrian, nunca se acordaba de su nombre. A su alrededor, el mar parecía tener un tono rojizo

El agua pareció agitarse a su lado y algo le golpeó la pierna derecha.


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Casi no oyó la sirena de la ambulancia en la que le transportaron hasta el hospital. Ahora ya estaba en una cama, en la UCI, conectado a una miríada de aparatos, pero no tenía conciencia de ello. El Gráfico de la actividad cerebral fue apaciguándose a medida que se veía de nuevo envuelto en esa especie de sueño que le vaciaba de sí mismo...

Ahora percibía -sin saber de qué modo- que se acercaba más hacia aquello que le pareció tocar a pesar de su lejanía. Hacía un momento que una tremenda sacudida había estremecido su cuerpo e hizo que avanzara aún más deprisa. Notaba un sabor en el agua que le excitaba y le impelía a moverse más rápido. Todo a su alrededor tenía un color azul cada vez más claro, y por arriba notaba aún más luminosidad.

De algún modo sabía que había movimiento en el lugar adonde se acercaba. Y ese agradable sabor en el agua se hacía más intenso. Ahora ya había mucha luz, hasta notaba el sol en su espalda mientras percibía la velocidad del agua recorriendo su cuerpo.., mientras avanzaba.

Ya veía algo. El agua estaba llena de restos destrozados, de tejidos que flotaban a media altura adquiriendo formas fantasmagóricas. Trozos de madera, de muebles.., y de cosas comestibles. Vió bancos de peces mordisqueando lo que parecían trozos de carne. Algunos con jirones de tela.

Una gran actividad llamó su atención cuando todo su cuerpo sintió, casi tocó, las vibraciones que producía. Se dirigió a comprobar de qué se trataba. Vió al menos tres peces grandes, tiburones, tratando de arrebatarse de forma frenética lo que le pareció una muñeca de trapo. De pronto dejó de parecer muñeca pues su melena rubia desapareció, junto con su cabeza, dentro de las fauces de uno de los grandes peces que se la disputaban. Otro de ellos se alejó del grupo y se acercó a algo que se movía en la superficie.

Vió claramente su silueta tratando de nadar. Era una mujer. Su cuerpo apenas cubierto con una sutil tela que impedía sus movimientos. De una de sus piernas se desprendía como un hilillo de color rojo. Le llegó su sabor. Con unos rápidos movimientos alcanzó una gran velocidad y se dispuso a aguantar el topetazo contra ese rival que se dirigía hacia el mismo lugar. Le dió de lleno bajo las aletas y lo impulsó fuera del agua por el fortísimo golpe. Cuando volvió a caer, de su boca y espiráculos salía sangre en abundancia. Su nadar, impulsado por cortos y rápidos movimientos de la cola, se volvió una espiral que recorría boca arriba, con la boca abierta. Los otros dos se abalanzaron sobre él arrancándole trozos de carne.

Todo esto le produjo una tremenda excitación. Nadaba rápido, nervioso, dando círculos y subiendo y bajando sin perder de vista el espectáculo y saboreando la mezcla de sabores que le venían. Pero no dejó de observar ni por un momento aquella silueta que flotaba envuelta en gasas, y que trataba de mantenerse a flote a duras penas.

Se acercó despacio, por debajo y girando alrededor de ella. Subiendo poco a poco, hasta que casi sacó la cabeza del mar. Su gran ojo negro la miró mientras ella apenas sacaba los suyos del agua. Notaba el sabor de la sangre que perdía por la herida de la pierna. Alguno de los otros había logrado morderla.

Ella alargó su brazo hacia él, intentaba agarrarse. Se acercó despacio y dejó que lo hiciera. Y así, con ella casi encima de su espalda, empezó a alejarse para llevarla a sitio seguro.

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Ella ya no podía más, había visto como su amiga desaparecía y aparecía delante de ella entre salpicaduras de agua y sangre. Estaba paralizada por el pánico. El golpe que antes le pareció sentir en la pierna empezaba a doler. A duras penas logró tocar su pie por ver si aún seguía ahí. Sabía que estaban siendo presa de tiburones, y que nada podía hacer. Tampoco podía moverse, estaba entumecida y tiritando. No sabía si de miedo o de frío. Estaba a punto de perder el conocimiento.

Y entonces lo vió. Su expresión relajada le ofreció confianza. Estaba ahí, sonriente, ofreciéndole la mano para que se cogiese. No sabía quien era ese hombre, pero se agarró a él. Era una milagrosa tabla de salvación. En cuanto lo tocó, desaparecieron el pánico y la sensación de estar en un mar rodeada de tiburones. Notó como avanzaban flotando... Fue cuando se desmayó.

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Tenía que nadar con cuidado de no descabalgarla, ella iba como dormida y por eso era él quien debía procurar que su cabeza permaneciera fuera del agua. Eso le obligaba a su vez a nadar con buena parte de la suya fuera, por lo que llegaba a verla sobre su lomo. Se dirigía hacia la costa, debía llevarla a tierra, la notaba fría y su pierna no dejaba de sangrar.

Buscaba una playa tranquila donde dejarla, aunque si no se despertaba podría ahogarse incluso en un palmo de agua. Debería esperar a la pleamar para intentar dejarla lo más fuera del agua posible, pero ello tenía el tremendo riesgo de que él no pudiera retornar al mar. Podría quedar varado a su lado y morir dándole la vida. Estaría dispuesto a ello tan sólo si tuviera la certeza de que ella viviría, pero no tenía esa garantía a la vista de su estado. De algún modo tendría que atraer ayuda hasta donde la depositara.

Ya no podía acercarse más, la arena rozaba su vientre y tenía buena parte de su lomo fuera del agua. Logró descabalgarla, pero ella quedó boca abajo. Así no podía respirar.., y no despertaba. Así que con unos coletazos la acercó más a la orilla. Ahora ya estaba totalmente apoyado en la arena y con medio cuerpo fuera. Pero no podía darle la vuelta para que su boca no estuviera sumergida. Si respiraba un par de veces agua, moririría sin enterarse.

Con tremendas sacudidas de todo su cuerpo, consiguíó avanzar un par de metros hacia la arena de la playa empujándola. Ahora sí quedó boca arriba y fuera del agua. Era una mujer hermosa, de una epléndida madurez. Y dormida, parecía un ángel.

Pero recordó que no estaba dormida sino muriéndose. Tendría que hacer algo y rápido. Aunque lo primero era conseguir volver al mar, no podía respirar.

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En el hospital la enfermera había alertado al cuadro médico. Los instrumentos habían empezado a pitar y el cuerpo maltrecho del herido se agitaba compulsivamente. Incluso dando saltos sobre la cama. No entendía como podía hacerlo a pesar de haber perdido las extremidades. Nunca creyó que esa persona saliera viva de allí. Era muy posible que ya ni fuera suya la sangre que corría por su mutilado cuerpo.

Los médicos ordenaron administrarle más relajante muscular y sedación. La cama estaba empapada. Algo debía de haberse derramado sobre el herido con tanto movimiento. Pidió ayuda para cambiarle las sábanas.

Sabía que el accidentado había sufrido un extraño ataque de tiburón. En la playa, ante la gente. Por lo visto aparecieron dos tiburones en la misma orilla. Uno escapó. A este pobre hombre le habían mutilado por completo. Su familia estaba en la salita de afuera desde entonces. Ya hacía dos días y el hombre aguantaba vivo de forma inexplicable. Tenía una expresión serena, afable y varonil. Claro que no lo vió consciente nunca.

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Estaba agotado. Al borde de sus fuerzas. Se había quedado casi boca arriba sobre la playa en donde apenas había un palmo de agua, y no conseguía volver al mar. La piel se le estaba secando y ya empezaba a dolerle. Desde donde estaba no podía verla y además tenía los ojos llenos de arena, pero la última vez que la vió aún estaba sin conocimiento tumbada en la playa. No entendía qué hacía aquí, preso en un cuerpo que no era el suyo y percibiendo cosas que no entendía.

Notó que la desesperación hacía mella en él y de alguna forma supo que no podía permitírselo. En un esfuerzo más, tensó sus músculos y empezó a arquearse con fuerza, hasta que casi empezó a botar sobre sí mismo. En uno de esos saltos el agua le llegó a cubrir la boca, pero no era suficiente. Para respirar necesitaba desplazarse, que el agua corriera por dentro de su boca y saliera por los espiráculos. No tenía forma de bombearla él mismo.

En vez de saltar, ahora intentó avanzar con fuertes coletazos. Avanzó algo, pero no suficiente. Notaba la falta de oxígeno en todo su cuerpo. Tenía que seguir intentándolo, no hacerlo significaba morir asfixiado. Pero sus músculos ya no le respondían igual. A pesar de ello siguió esforzándose.
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Uno de los helicópteros había localizado algunos restos. Se recibió un aviso automático de socorro, pero al poco tiempo la señal desapareció. Esos restos podrían tener algo que ver con eso. La embarcación de salvamento no tardaría en llegar, no estaban tan lejos de la costa. Mientras, estaban a ras de agua buscando.
Eso que flotaba parecía un chaleco salvavidas... Estaba destrozado, pero aún sostenía lo que parecían los restos de un tronco humano. En el chaleco se veían claramente las mordeduras. Esos pobres, fuesen quienes fuesen, habían sido rematados por los tiburones, por inusual que eso pudiera parecer en estas aguas. Aunque hacía un par de días había sucedido aquel extraño ataque en la playa. Habría que activar la alarma para intentar localizarlos y acabar con esa amenaza.

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Había conseguido adentrarse en el agua. La arena del fondo rozaba su vientre pero podía moverse. Sin embargo, no encontraba modo alguno de alejarse de la playa. Un banco de arena lo separaba de mar abierto y en su estado no se atrevía a intentar superarlo con tan poca profundidad. Antes tendría que nadar de un lado a otro para oxigenar de nuevo todo su cuerpo y renovar energías.

De vez en cuando sacaba su ojo a ras de agua y borrosamente la veía tumbada en la arena sin moverse. Hasta que la marea no subiera de nuevo, no podría traspasar ese banco de arena que ahora le hacía imposible ir a ninguna parte. El trecho de agua en el que podía moverse no tendría más de doscientos metros, por lo que no hacía más que ir de un extremo a otro para que el agua pudiera pasar por sus branquias y respirar su alto contenido en oxígeno. De quedarse quieto, se asfixiaría.

Habrían transcurrido varias horas desde que consiguío dejarla fuera del agua, cuando le pareció ver movimiento en la playa. Parecía un grupo de gente que se dirigía hacia donde ella yacía. Intentó sumergirse más, pero no podía; su aleta dorsal y parte de su lomo tenían que ser visibles desde la orilla.
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El aviso llegó al piloto del helicóptero que buscaba por la zona del naufragio. Tenían que dirigirse a la costa a recoger a un posible superviviente del siniestro. Comunicó a sus acompañantes que se prepararan para recibir a un herido. Por lo visto era una mujer; presentaba un mordisco en una pierna y un pésimo estado general. La habían encontrado en una playa a la que parece que le siguió uno de esos bichos.

Al despertar se vio rodeada de médicos y enfermeras. Uno de ellos se dirigió a ella amablemente diciéndole que ya pasó todo, que estaba bien y que se relajara. Le dijeron que estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos para vigilar cualquier cambio en su estado, pero que no tenía nada irreparable. Lo de la pierna era un corte y ya lo habían suturado, casi no le quedaría marca. Pero ella sentía frío y se encontrada muy mareada.

Cuando se alejaron pudo ver otras camas con enfermos. La más cercana ... ¡el corazón le dió un salto! ¡Esa cara! ¡Ese hombre era quien la había salvado, estaba segura! Quiso incorporarse pero no pudo, y poco a poco se fue desvaneciendo hasta quedar profundamente dormida sin apartar su mirada de él.

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Mientras, en la playa se había organizado una operación para capturar al tiburón. Era un formidable ejemplar de tiburón blanco, el gran blanco de algunas leyendas marineras. Aunque no parecía que el objetivo fuera capturarlo con vida. Varios de los hombres iban armados con escopetas, al margen de si iban de uniforme o no. Algunos uniformados trataban de poner orden y de alejar a la gente de la orilla pero sin éxito alguno.

Cuando el helicóptero volvió e hizo una pasada rozando al agua, justo por donde se veía la aleta sobresalir, se produjo el caos. El agua salpicaba alrededor del gran escualo mientras el fragor de los disparos se fundían con el del motor del helicóptero. Inútil resultaba el altavoz desde el que un policía intentaba calmar el desenfreno de los tiradores. El helicóptero tuvo que elevarse para no ser dañado por algún disparo perdido.

Sabía que de quedarse allí estaría perdido. Había sentido la mordedura del plomo de los disparos sobre algunas partes de su cuerpo. Nadaba frenéticamente de un lado a otro del corredor de agua en el que se encontraba atrapado. Empezó a notar el sabor a sangre, de su sangre. Uno de los disparos le perforó la aleta dorsal. Notó como parte de ella se volatizaba al recibir el impacto de una miríada de balines de plomo.

Así que lo hizo. Se lanzó hacia el banco de arena hasta quedar embarrancado en él. Tenía medio cuerpo fuera del agua y comenzó a agitarse y a coletear compulsivamente para intentar avanzar y llegar a aguas más profundas. Recibió más de un impacto y sentía que perdía sangre. Mientras saltaba, la sangre salía de su boca y de varias heridas a lo largo de su cuerpo.

Algunos de sus acosadores se habían adentrado en el mar hasta la cintura para asegurarse el blanco. Y lo estaban consiguiendo mientras él seguía esforzándose en avanzar desesperadamente con fuertes coletazos.


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Se despertó sobresaltada. Había actividad en la cama donde lo había creído ver antes. Estaba rodeado por médicos y enfermeras y parecía que intentaban sujetarlo. El suelo estaba totalmente encharcado de lo que parecía agua. Un impulso irresistible la empujó a erguirse. Sin apartar la vista de aquella escena, fue desprendiéndose de todo aquello que tenía conectado a brazos, pecho y nariz. Eso hizo que algo empezase a pitar de forma insistente. Una de las enfermeras se giró e intentó acercársele, pero resbaló y cayó en el charco de agua.

Ella logró ponerse de pie y se fue acercando despacio, descalza. Notaba el agua fría en sus pies. Entonces pudo verlo, tenía el cuerpo extrañamente pequeño y totalmente envuelto en tela blanca sorprendentemente empapada. Se agitaba de forma tremenda y desesperada, pero mantenía sus ojos cerrados. Los aparatos médicos a los que estaba conectado no paraban de soltar pitidos. De algún modo se hizo un hueco entre los que intentaban sujetarle y acercó su mano hasta que pudo tocar su pecho.

Sintió que estaba mojado y frío. De pronto se calmó y entreabrió sus ojos mirándola. Cuando él esbozó una sonrisa ella se estremeció y retiró súbitamente la mano. Creyó ver en su boca varias filas de dientes, pero enseguida reconoció esa sonrisa que le hizo avanzar hacia él cuando la salvó. Todo parecía que sucedía a cámara lenta. Distraídamente llevó la mano a la boca mientras le devolvía la sonrisa.., notó el sabor a agua salada. Volvió a acercar la mano a su pecho y él cerró despacio los ojos mientras no los apartaba de los suyos. Una repentina tranquilidad se apoderó de ella mientras los pitidos de los aparatos cesaron de sonar.


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En la playa la vorágine de gritos y disparos continuaba. Ya no había forma de que el animal pudiera escapar de allí. Estaba quieto y ensangrentado. La mitad superior de su cuerpo estaba fuera del agua y se veían las heridas de múltiples disparos. Parecía un gran juguete roto, con el agujero para colgarlo del estante justo en su aleta dorsal.

Algo le había paralizado y no eran los disparos. Había sentido su mano y visto su sonrisa. De algún modo, así había sido. Una tremenda tranquilidad le invadió al saberla viva. Sacó fuerzas de donde no las tenía y de tres soberbios coletazos superó la barrera de arena. Ya no le quedaron fuerzas más que para mover instintivamente la cola mientras iba ganado profundidad. Todo empezó a hacerse más oscuro a medida que poco a poco se hundía... Y una gran paz le invadió.


FIN


Epílogo:

En esa casita cerca de la playa vive una hermosa mujer desde hace años. Dicen de ella que está loca, que se quedó perturbada tras un accidente que sufrió hace tiempo. Las noches de luna llena baja a la playa, se desnuda y se interna en el mar. Debe de ser una magnífica nadadora porque no regresa hasta el amanecer. Hay quien dice que le pareció ver que nadaba al lado de un enorme pez, pues daba la impresión de ir cogida a una gran aleta que sobresalía del mar.., con un agujero en medio, como si de un disparo se tratase y por donde ella pasaba su mano.

Todos los años, en verano, recibe la visita de dos jóvenes, huérfanos de padre, y se van los tres a la orilla del mar. Se pasan horas mirando al horizonte.

lunes, abril 05, 2010

Los caballos

Bravas bestias de hermosas crines al viento.
De finas patas en fuertes cascos acabadas.
De valentía que a veces supera al dueño,
allá perdido en quimeras soñadas.
Buena cuadra tienes, mi Caballero,
con ejemplares donde escoger,
y sin necesidad de floreo, 
a cualquier rey poder sorprender.
Pero... ¿dónde está la joya de tu caballeriza?
¿Dónde tu bravo corcel de guerra?
Mira, Caballero, 
que no es misión de nodriza
cuidar de un guerrero.
¡Suelta ya a tu corcel de guerra!
No permitas que en tus cuadras,
como mula, marchite su bravura.
Otórgale la libertad que a ti te falta
para que una vez más,
su bello cuello pose en mi halda.





Caballodeguerra.jpg Corcel de guerra picture by bibliotecaria2000


Teresa Coscojuela

domingo, enero 10, 2010

Sólo espinas


Mis rosas sólo tienen espinas,
jamás pétalos de seda palpé.
Mis sueños vacíos están.
La noche se agota y se acerca el alba,
traicionera y burlona,
sin descanso ni consuelo.
Mi noche no tiene estrellas
y la luna esconde su llanto.
Brumas de tristeza me envuelven.
Desazón y congoja van de la mano.
Mi corcel ha quedado triste y solo en el pesebre.
¡Ya no cabalgamos!
Algún día, además de espinas,
¿tendrán pétalos mis rosas?
¿Volverán Élbereth -iluminadora de estrellas- a llamarme?
¿Podrá mi corcel relinchar alegre,
para que, agarrada a sus crines,
vuelva a cortar el viento?
¡Nunca más sucederá!

Teresa Coscojuela  Junio, 2009

domingo, enero 03, 2010

Cenizas

Ya sólo quedan cenizas
de lo que un tiempo lejano,
¿tan lejano? fueron risas
en un inquieto mar arcano.

Cenizas en nuestros cabellos,
cenizas en mi corazón
al recordar los momentos aquellos
que me enervaban de pasión.

Jamás fuiste dulce, ni yo tempoco lo fui.
Dos almas gemelas, luchando con tesón.
Más, ¡hay!, yo nunca huí,
mientras que para mi desazón,
tú, mi amor, sí.

¿A qué teme mi Caballero?
¿Quien lo mantiene preso?
Dime, amor, quien es tu Cancerbero,
que rauda te liberaré con un beso.








Teresa Coscojuela

sábado, diciembre 05, 2009

Mi Caballero

.


Ya no cabalgas lanza en ristre, de bravura pregonando.
Mis sueños ya no arrulla el alegre relinchar de tu caballo.
Ni tus risas, sonoras y francas, me acompañan hasta el sueño.
Nos perdimos en un bosque de altas copas coronado.

Sin saber de tu suerte, al valle logré salir.
Día a día, hora a hora, luchando contra la profecía,
el recuerdo de tu rostro, a la vida me hizo acudir.
Rostro amado, por mis manos acariciado noche y día.

Mis dedos conocen cada centímetro de tu piel
y entre suspiros y sueños,
el recuerdo de tus besos me sabe a miel,
gozando en mis ensueños.

Vagando entre brumas y nieblas,
fue mi bravo corcel quien tironeó mi alma,
hasta que audaz me sacó de las tinieblas,
devolviendo a mi espíritu la calma.

Con gran empeño te busqué.
Todos los puertos visité.
A todas las puertas llamé,
y tu recuerdo amé.

Hasta que un día, allá en un rincón olvidado,
tu caballo al paso, sacudiendo airoso las crines,
me lanzó un alegre relincho disimulado
mientras paseabas por los jardines.

Los jardines Sabatini.
Tu orgullo de cicerone.
¡Y mis risas cuando me arrancaste el chal!

Los dulces helados en la plaza España,
Don Quijote y Sancho Panza,
testigos de nuestras risas sin artimaña
y cómplices de nuestra alianza.

Hoy te sigo en tus paseos, con el silencio del respeto.
Mi boca he decidido cerrar, como cerrado está mi corazón.
Tú lo cerraste y con la pequeña llave te quedaste.
No te la pido. Eres su justo dueño y el de mi sueño.



omer3.jpg Mi Caballero picture by bibliotecaria2000


Teresa Coscojuela

martes, octubre 13, 2009

Leona brava



Con garras y colmillos,
alegre cabalgo,
ríendome de los pardillos
y de su hartazgo.

No se salva ni uno.
Ni ambicioso,
ni inoportuno,
ni tan sólo ovejuno.

Mi rugido, a la cobardía
infunde pavor
antes de que acabe el día,
por más que pretenda mor.

¡Cabalga airosa, Leona
y a tener cojones enseña
a quien en blanda lana
enterró su enseña!


Teresa Coscojuela

jueves, mayo 28, 2009

Las tres brujas

Tres, eran tres, como manda la tradición. Tres, eran tres.
Cada una mora en un punto del mapa y un triángulo trazan sus lineas.

La del Oeste recita un conxuro.
La Central la azuza con odio y maldad.
Y la del Este ríe histérica cerca de las olas del mar.

Guardiana del Espejo, que lo preservaste de la destrucción, cuando las Fuerzas Oscuras creyeron haber cumplido su misión; sigue luchando incansable para abatir la Maldad.
No más que con los justos tengas piedad.


Teresa Coscojuela

martes, mayo 19, 2009

Lágrimas

Lágrimas que fueron furtivas,

Caen hoy a raudales.

La mentira reina siempre

Y el disimulo persiste.

Dime, Luna, ¿por qué?

¿Por qué he de mentir yo,

para no sufrir,

si detesto mentir?

Lágrimas ardientes me ciegan

Y me anegan el corazón.

Ya nunca más lo voy a abrir.

Cerrado está para siempre.

(11 diciembre, 2006)


Teresa Coscojuela



domingo, mayo 17, 2009

Siempre lágrimas

Y sigue el corazón mintiendo a la razón.
¿O es la razón que miente al corazón?
Las lágrimas no saben,
salen libres a su antojo
y no hay grifo que abra y cierre
ante tanto enojo.

¿Enojo?

No. Sólo dolor y tristeza
al ser de espera un manojo.
Espera vana y absurda,
pues ya lo sabes, mujer,
pero no lo quieres saber.

Sobre nube de algodón
te has montado cual corcel
que te lleva galopando...
Hacia la nada.


Teresa Coscojuela
04 enero, 2007

Navegando por la vida

Entre olas pequeñas y grandes,
mi nave se zambulle incansable.
Sonrisas causan las pequeñas
y alegres risas las grandes.

Maravillosa travesía
viviendo la vida,
apurando cada sorbo,
cada experiencia,
buena o mala,
¡todo es sabiduría!

Hermosa nao que las olas surcas,
meciendo mis sueños entre estrellas,
astros titilantes que me guiñan,
complices día a día.

El timón yo llevo,
mano extraña no osa tocar.
Y si me dejo llevar...
¡es de maravilla!
Valiente nao,
¡hasta el fin, día a día!

Enamorados.jpg picture by bibliotecaria2000


(18 mayo, 2008)

Teresa Coscojuela

Él

Hombre viril, lanza en ristre,

mala leche cuando quiere,

valiente como nadie,

incansable sí-no nos traemos.

Eterno gruñón adorable,

mil lecciones me imparte,

mil explicaciones,

con harta paciencia de sabio.

Nadie como él existe.

A su lado siempre estaré,

que no mora en la faz de la tierra,

nadie más inteligente

y más sabio conocedor de la gente.

A reír me ha enseñado.

A distinguir un piano de un teclado,

y un sótano de un tejado...

Adorable Caballero,

cabalgando junto a mí.

A veces nuestros aceros cruzamos.

Saltan chispas,

el cielo se ensombrece,

el bosque calla.

Pero los siete colores aparecen,

de repente, en el firmamento

y, como señal tácita,

¡cada uno vuelve a sonreír!

Rebelde soy,

con su paciencia acabo,

más su inteligencia,

de virtud es un dechado.

Y él puede con todo,

blanco o negro,

gris o azul,

verde, púrpura,

amarillo o marrón.

¡Nunca cimarrón!

antocaballm.jpg picture by bibliotecaria2000


(27 abril, 2008)

Teresa Coscojuela

Mi mar

PORTVELL-MURALLA006.jpg picture by bibliotecaria2000

Este es mi puerto,
este mi mar y esta mi playa.
Como mías son mis risas
y mías mis penas.
Mía es mi casa
y míos mis sueños.
Mis gatos dormitan felices
entre mis sábanas azules
y las gaviotas persiguen palomas
al otro lado de la ventana.
Sobre olas paso las noches
y entre zozobras los días.
Míos son mis sueños
y mías mis alegrías.
Blanco velero
que audaz surcas las olas,
mecido dulcemente
con la luna por corona,
guarda celoso tu secreto,
no se lo cuentes al viento.
Que la sirena no sepa
que las olas mezclan mis lágrimas.
Que el tiburón no se enoje
y la gaviota grazne de alegría.
No se lo digas al viento,
susurráselo sólo a la luna.


(Abril, 2008)

Teresa Coscojuela

Dama Blanca

Dama Blanca,
Dama de la Luna,
apresúrate a cerrar tu fortaleza.
Sube el puente,
baja el rastrillo.
Cubre las poternas
y ciega pasadizos.
No subas a las almenas
más que cuándo el búho cante,
No uses las palomas,
deja a tu fiel compañero en el establo.
Recorre las estancias
y enjuga tus lágrimas.
Tras los cristales, la lluvia,
cae constante, incansable,
las hojas del níspero brillan,
cual esmeraldas mojadas.
La parra se ve triste,
abatida sobre el cenador
y el limonero no crece,
vivir no le gusta, dice.
Las palomas vuelan
bajo el cielo gris, encapotado,
están inquietas y nerviosas,
presienten a la gaviota.
Tú has observado hoy su vuelo,
tres veces ya,
pero sabes que es ciego
y no te encontrará.
Ave carroñera y asesina,
simulando belleza en sus plumas,
en lo airoso de su vuelo,
en el dibujo de sus alas.
Pero la has visto atrapar una paloma,
con su fuerte pico y sus garras,
estrellarla y sacudirla contra el suelo,
y devorar sus entrañas.
Cae la lluvia incansable,
sobre el patio de armas,
sobre las escalinatas,
rezumando de las almenas.
Tus banderas y gallardetes
penden fláccidos de sus mástiles.
¿Qué ocurre?
¿Qué le pasa a tu caballo?
¿Por qué relincha de terror?
¡Por Thor!
¡Hay una brecha!
¡Ha conseguido llegar!
Te apresuras a vestir la cota
y empuñar la espada.
Inspiras hondo.
Y te encomiendas a Guilgalad.


(Abril, 2008)

Teresa Coscojuela

La Luna

La Luna me llama. Me voy con ella. Seré feliz allá arriba entre constelaciones silenciosas y lágrimas de cristal tallado. Nada mejor para mí. Para olvidar traiciones de dolor inmenso y abismal.

Pero... ¿De veras son traiciones? No. No lo son. Solo un vano espejismo de los sentidos. Nayade inocente que has querido surcar las aguas sin tener en cuenta que tus brazos son débiles y tu corazón mucho más.

¡Luna! Diosa de las mareas. Encumbras y hundes por igual. Amada y odiada al mismo tiempo, tu influjo es irresistible y tu poder soberano.

¡Oh, Luna! ¡Luna! ¡Oye mi lamento de dolor!

No me abandones ahora. Acógeme en tu regazo de plata y acúname con dulzura. Mi cuerpo hecho un ovillo se dará sin resistencia. Entonces podrás empuñar la daga y hacer cumplir la profecía.

Arcana profecía que nadie sabía. Pero que siglo a siglo se escribía. Con polvo de estrellas y parpadeos de tímidos luceros.

No escondas tu rostro, Luna de Plata. Levanta la vista y sigue adelante.

Solo cuando yo no esté... podrás hacer tu voluntad.


(Septiembre 2006)

Teresa Coscojuela

¡Vuelo de palomas!


¡Vuelo de palomas!
La gaviota grazna de rabia
y la Dama Blanca
ríe feliz ante su impotencia.
Ha subido a lo alto,
a lo más alto de las almenas,
sus banderas y sus gallardetes,
airosos ondean al viento.
La paloma blanca,
un retrato ha traído,
en su pico de nácar,
orgullosa ha ofrecido.
Gira y gira la Dama,
en lo alto de la almena,
los brazos extendidos al cielo
y al sol mostrando su rostro
¡Vuelo de palomas!
La gaviota grazna de miedo.
Y la Dama ríe y ríe.
Corriendo baja la escalera
hasta el patio de armas,
donde su fiel córcel
relincha contento,
patea los cascos
en las piedras grises.
Ondean las crines al viento,
de plata relucen al sol.
¡Vuelo de palomas!
La gaviota chilla de terror
y la Dama Blanca,
tomando su espada,
alzando al cielo su cara,
musita un recuerdo
para el valiente Guilgalad.

Teresa Coscojuela

Risas ayer, lágrimas hoy





Ayer reías feliz,
horas pasaste esperandóle,
cuando al fin llegó, Luna,
el cielo se iluminó.
Vuestras risas se juntaban,
se entrelazaban
como del jazmín las ramas,
como se mezcla la lluvia
con las gotas de la mar.
Lluvia de Perseidas
esperabas contemplar,
pero ahora bajas tu rostro
y lágrimas de sal te lo queman.
El eco de las risas duele,
sin compasión se te clava,
como se clavan sus palabras
acusándote de lo imposible.
Llora, Luna, llora,
es lo único que tienes,
sólo tus lágrimas
jamás te abandonan.
Las risas, bien preciado
por lo escaso,
no llegan solas, no,
pero las lágrimas
no necesitan compañía
para fluir a raudales,
para inundar de congoja tu corazón
y marchitar tus rosales.



Teresa Coscojuela

domingo, julio 08, 2007

ODA A PIEDRAPÓMEZ



¡Oh, insigne Piedrapómez!
Señor del brillo y esplendor,
con tu afán trabajador,
cada domingo te ufanas en entrar
en tu cueva de ratas y chanchullos,
más temprano cada vez.

¿No has pensado, Piedrapómez,
que tu trabajo no tiene ni tendrá fin?
¿Qué es el Caballero del bombín
quien valiente mueve ficha
y tú no eres más que un peón para tu desdicha?

¡Oh, insigne Piedrapómez!
Deja de hacer reír a las piedras,
piensa que nadie te quiere,
pues el rebaño descontento está también.

La Jurado polvo es,
pero sigue y sigue su agonía en portada,
eternas portadas con “actualidad”...
¡De hace más de un mes!

A nadie tienes contento
y tu obsesión es tu tormento.
¡Pobre infeliz,
ni siquiera tienes nariz!
La perdiste hace tiempo
por meterla a destiempo
¡dentro de un tamiz!

Y aquí el Caballero te da,
una vez más, su replica:

Bombín es a bombón

como cojín es a x

y me importa tres x

que me cierren la edición


caballlero.jpg


Teresa Coscojuela

QUIERO

paddlestone_castlecopy.jpg

Quiero que me lleves
muy lejos de aquí,
a ese castillo que creaste,
maravillosa fantasía de ilusión
en medio de un lago de pasión.

En tu corcel de megabytes,
dame un paseo sobre el mar;
enséñame al carcharodon carcharias,
nárrame cómo acabó el Gran Blanco.


Cielo oscuro,
de gris encapotado,
pronto a estallar la tormenta;
entre truenos y relámpagos,
el agua cayendo furiosa,
azotando montañas y bosques
y fundiéndose con la del lago.

Pero luego le cuelgas el Arco Iris
que creaste para mí,
de montaña a montaña,
de orilla a orilla.
Y bajo su luz resplandeciente
de mágicos y luminosos colores...
Esperaremos la siguiente tormenta.
No faltará.


Teresa Coscojuela

LUNA

http://publicanary.blogdiario.net/img/luna-mujer.jpg


Ya sólo eres Luna,

ni de Plata ni Negra.

Demasiadas lágrimas.

Demasiado dolor.

Almas negras te acosan

y la tuya se anega en un mar de llanto.

Paseas y encuentras

lo que no quisieras encontrar.

Por mucho que hayas decidido ignorar,

lo tienes ahí.

Una y otra vez te lo encuentras

en cada recodo del camino.

Viene el Gran Guerrero y te arenga.

Te apresuras a sorber tus lágrimas y a seguirle.

Pobre Luna que nadie te quiere.

Eres importante para muchos,

aunque tú no entiendas por qué.

Entre nubes de ilusión

y desilusiones del corazón

te preguntas una y otra vez lo de siempre,

“¿Cuándo?”



Teresa Coscojuela



LUNA NEGRA



La Luna de Plata ha ennegrecido.
Es plata autentica cuándo más negra se pone.
Negra se ve. Negra se siente.
La negrura todo lo invade.

Ya no llora.
No sabe qué fue de sus lágrimas.
Si están, no las siente,
porque a sus labios no llegan.

Lágrimas dulces que no saladas,
porque a la Luna todo le sabe dulce.
Dulce el amor.
Dulce el recuerdo...

Pero amargo es el desengaño.
Y si es doble,
doble es el dolor,
Luna.

Su boca nota amarga
y amargo su corazón.
¡Dime, Luna!,
¿cuándo vendrá él?

¿Cuándo ése Hombre-hombre?
Ese que no me deje sola.
Ese compañero de luchas.
El del yelmo. Sin rostro.
Pero con corazón.

“Bruja, olvida tu sueño.
No existe tal.
Sobre la faz de la tierra
no habita lo que tú anhelas.

Flota de nube en nube
y vive dormida en sueños.
Recuerda, Leona,
que siempre dormirás sola.”



Teresa Coscojuela

TORO QUISIERA SER



Ya no podré mirarme en tus ojos.
Ya no sabré el sabor de tus besos.
Ya no conoceré tus manos,
ni la ironía de tu sonrisa.
Tus ojos me miran duros
y tus labios están cerrados.
Demasiada tristeza me embarga,
para seguir el camino.
Vientos del pueblo me llevan,
hacia la nada absoluta,
la más negra noche,
sin luna ni estrellas.

Toro quisiera ser,
para mirarte a los ojos.
Que a cada pase de tu muleta,
me desgarren más las banderillas.
Con la lanza en vez de la pica,
darás cumplido trabajo,
la espada por el estoque,
y por descabello el desprecio.


Teresa Coscojuela

miércoles, mayo 16, 2007

NUEVA RAIB

La RAIB dejó de existir hace unos meses. Creación del inquieto Jesús Valdivieso, fue su secretario hasta hace poco, como yo su presidenta.
Como explico en mi blog DALT DE L'ARC DE SANT MARTÍ, una vibora llegó, puso huevos y las vivorillas se introdujeron en la boca de muchos. Acabó con todo.

Ahora yo he heredado todos los blogs de la RAIB. La antigua Real Academia Internacional de Blogs pasa a llamarse Retos, Acción, Imaginación y Blogs.
También su contenido y enfoque será distinto. De momento estoy trabajando en ello.

Este blog de poesías ha de sufrir cambios. Solo se admiten trabajos propios, por ello eliminaré las poesías de autores que no sean bloggers.
También he observado que hay algunas sin firmar y aparece mi nombre por defecto, como administradora. Informo de que antes de hoy, solo publiqué dos aquí: Luna de Plata y Dolor.

Más adelante, cuándo todo esté listo, informaré de como publicar vuestras poesías.




domingo, julio 16, 2006

Dolor







Cómo un volcán a punto de estallar
Con el dolor pugnando por salir
Constelaciones de estrellas apagadas
Y el llanto silencioso y escondido de la Luna

Jugaste con tus saetas lanzándolas al azar
Cómo niño aburrido que no sabe qué hacer
Sin imaginarte donde se clavarían
E ignorando lo que podría suceder

La Luna esconde su rostro de siglos
Lágrimas de sal se lo queman
Los luceros pasan de puntillas
Y el alba se despereza

Vuelve el niño travieso a rogar
Una vez más, ¡no volverá a suceder!
La Luna seca sus lágrimas
Y los luceros levantan la vista

Aroma de romero lleva la noche
El día no existe jamás
Solo la noche y el alba
Que anuncia el adiós


Teresa Coscojuela

domingo, junio 25, 2006

sábado, junio 17, 2006

LUNA DE PLATA




Aquella noche que en tu bajo vientre,
mi propiedad, a fuego grabé,
con besos ardientes tracé mi nombre,
y a la Luna de Plata llamé.
La vi colgada del manto estrellado.
Díme, Luna, ¿cuando volverá él?
Traémelo pronto a mi lado,
que lo quiero piel con piel.
Noches de insomnio soñando...
Sábanas estrujadas con dolor...
De nube en nube flotando...
Porque aún siento aquí tu olor...
.................................................
Teresa Coscojuela

viernes, junio 09, 2006

lunes, junio 05, 2006

CENTURION

EL PARNASO

"Soy un centurión de una guerra perdida
curtido y destinado a imprevisibles batallas
y nacido para incontables heridas.

Ira llamo a mi espada.
Odio a mi escudo.

Y en la agonia de mi desdicha,
con el mínimo aliento que mis pulmones llegan a contener,
con los enrojecidos ojos bañados por el oceano de la soledad,
grito con orgullo...
... que hubo un tiempo, o tal vez fue un sueño,
que fuí tuyo."

Gioser Soman

EL PARNASO: junio 2006

EL PARNASO: junio 2006


BOGANDO AL VIENTO

Salpicado por la bruma,
bogando al viento,
surqué el mar de la vida,
rodeado de silencios.

El viento azotó mi alma,
la mar rodeó mi cuerpo,
deseo naufragar, ahora,para dormirme en su seno.

Mi barca zozobra ya,
la espuma envuelve, como blanco sudario a mi cuerpo,
fundido estoy con la mar, navegando,
rumbo al Puerto del Gran Silencio.

jueves, junio 01, 2006

Rompiendo el hielo

Pues como nadie se decide a empezar, empiezo yo. Por cierto, Lilián se casa este sábado y, por supuesto, yo no soy el novio.


Lilián

Lilián, Lilián, Lilián,
que ríes con el corazón;
tierna como el pan,
suave como el algodón.

Lilián,
oculta y misteriosa
como un baúl en un desván,
Lilián,
coloreada mariposa
durmiendo sobre un tulipán.

Lilián, Lilián, Lilián,
de tu barquito de papel
¡quién fuera capitán!,
¡quién fuera timonel!
Lilián, Lilián, Lilián,
goloso postre con miel
tu piel que sabe a flan.

Lilián,
la hora del recreo
bajando en tobogán;
Lilián,
personaje de tebeo,
glamurosa burbuja de champán.

Lilián,
sería la cárcel un paraíso
si tú fueras mi guardián;
Lilián,
verano eterno que no quiso
al invierno y su gabán.

Lilián, Lilián, Lilián,
tu generosa sonrisa
es como una brisa
de mes de abril,
embriagadora como el vino,
delicada y sutil
como un candil
alumbrando el camino.

Lilián, Lilián, Lilián,
que ríes con el corazón;
dulce como el mazapán,
pequeña como un gorrión.

Lilián,
íntima y acogedora
como las paredes de un zaguán;
Lilián,
las horas se demoran
cuando tus ojos no están.

Lilián, Lilián, Lilián,
tu evocadora sonrisa
acaba con la prisa
de quien no tiene a dónde ir;
y en el milagro de tu boca
simpre es rosa el porvenir,
incluso cuando toca
tener que hacer de fakir.

Lilián,
de estar en un harem
la favorita del sultán;
Lilián,
de estar en el Edén
la novia de Adán.

Lilián, Lilián, Lilián,
en ti la belleza se derrocha
como en la playa de La Concha,
en San Sebastián;
Lilián, Lilián, Lilián,
romántica y exótica
como las calles de Teherán,
turbadora y erótica
como una playa de Taiwán;
Lilián, Lilián, Lilián,
lejana y escondida
como el país de Peter Pan;
en tus ojos hasta se olvida
que hubo una guerra en Afganistán.

Lilián, Lilián, Lilián,
si tú fueras Adriana yo sería Adrián,
si tú fueras Tristana yo sería Tristán,
si tú fueras Juliana yo sería Julián,
si tú fueras Ivana yo sería Iván,
si tú fueras Juana yo sería Juan...
pero tú eres Lilián y yo sólo soy Fran.

Lilián,
deja que el viento te roce,
aunque sea un truhán;
Lilián,
los sabios que no te conocen,
¿qué sabrán?...

Lilián, Lilián, Lilián,
que ríes con el corazón;
Lilián, Lilián, Lilián,
¡quién fuera ladrón!