Teresa Coscojuela




Con garras y colmillos,
alegre cabalgo,
ríendome de los pardillos
y de su hartazgo.
No se salva ni uno.
Ni ambicioso,
ni inoportuno,
ni tan sólo ovejuno.
Mi rugido, a la cobardía
infunde pavor
antes de que acabe el día,
por más que pretenda mor.
¡Cabalga airosa, Leona
y a tener cojones enseña
a quien en blanda lana
enterró su enseña!
Teresa Coscojuela
Tres, eran tres, como manda la tradición. Tres, eran tres.
Cada una mora en un punto del mapa y un triángulo trazan sus lineas.
La del Oeste recita un conxuro.
La Central la azuza con odio y maldad.
Y la del Este ríe histérica cerca de las olas del mar.
Guardiana del Espejo, que lo preservaste de la destrucción, cuando las Fuerzas Oscuras creyeron haber cumplido su misión; sigue luchando incansable para abatir la Maldad.
No más que con los justos tengas piedad.

Teresa Coscojuela
Lágrimas que fueron furtivas,
Caen hoy a raudales.
La mentira reina siempre
Y el disimulo persiste.
Dime, Luna, ¿por qué?
¿Por qué he de mentir yo,
para no sufrir,
si detesto mentir?
Lágrimas ardientes me ciegan
Y me anegan el corazón.
Ya nunca más lo voy a abrir.
Cerrado está para siempre.
(11 diciembre, 2006)
Teresa Coscojuela
Entre olas pequeñas y grandes,
mi nave se zambulle incansable.
Sonrisas causan las pequeñas
y alegres risas las grandes.
Maravillosa travesía
viviendo la vida,
apurando cada sorbo,
cada experiencia,
buena o mala,
¡todo es sabiduría!
Hermosa nao que las olas surcas,
meciendo mis sueños entre estrellas,
astros titilantes que me guiñan,
complices día a día.
El timón yo llevo,
mano extraña no osa tocar.
Y si me dejo llevar...
¡es de maravilla!
Valiente nao,
¡hasta el fin, día a día!

(18 mayo, 2008)
Teresa Coscojuela
Hombre viril, lanza en ristre,
mala leche cuando quiere,
valiente como nadie,
incansable sí-no nos traemos.
Eterno gruñón adorable,
mil lecciones me imparte,
mil explicaciones,
con harta paciencia de sabio.
Nadie como él existe.
A su lado siempre estaré,
que no mora en la faz de la tierra,
nadie más inteligente
y más sabio conocedor de la gente.
A reír me ha enseñado.
A distinguir un piano de un teclado,
y un sótano de un tejado...
Adorable Caballero,
cabalgando junto a mí.
A veces nuestros aceros cruzamos.
Saltan chispas,
el cielo se ensombrece,
el bosque calla.
Pero los siete colores aparecen,
de repente, en el firmamento
y, como señal tácita,
¡cada uno vuelve a sonreír!
Rebelde soy,
con su paciencia acabo,
más su inteligencia,
de virtud es un dechado.
Y él puede con todo,
blanco o negro,
gris o azul,
verde, púrpura,
amarillo o marrón.
¡Nunca cimarrón!

(27 abril, 2008)
Teresa Coscojuela

Este es mi puerto,
este mi mar y esta mi playa.
Como mías son mis risas
y mías mis penas.
Mía es mi casa
y míos mis sueños.
Mis gatos dormitan felices
entre mis sábanas azules
y las gaviotas persiguen palomas
al otro lado de la ventana.
Sobre olas paso las noches
y entre zozobras los días.
Míos son mis sueños
y mías mis alegrías.
Blanco velero
que audaz surcas las olas,
mecido dulcemente
con la luna por corona,
guarda celoso tu secreto,
no se lo cuentes al viento.
Que la sirena no sepa
que las olas mezclan mis lágrimas.
Que el tiburón no se enoje
y la gaviota grazne de alegría.
No se lo digas al viento,
susurráselo sólo a la luna.
(Abril, 2008)
Teresa Coscojuela
Dama Blanca,
Dama de la Luna,
apresúrate a cerrar tu fortaleza.
Sube el puente,
baja el rastrillo.
Cubre las poternas
y ciega pasadizos.
No subas a las almenas
más que cuándo el búho cante,
No uses las palomas,
deja a tu fiel compañero en el establo.
Recorre las estancias
y enjuga tus lágrimas.
Tras los cristales, la lluvia,
cae constante, incansable,
las hojas del níspero brillan,
cual esmeraldas mojadas.
La parra se ve triste,
abatida sobre el cenador
y el limonero no crece,
vivir no le gusta, dice.
Las palomas vuelan
bajo el cielo gris, encapotado,
están inquietas y nerviosas,
presienten a la gaviota.
Tú has observado hoy su vuelo,
tres veces ya,
pero sabes que es ciego
y no te encontrará.
Ave carroñera y asesina,
simulando belleza en sus plumas,
en lo airoso de su vuelo,
en el dibujo de sus alas.
Pero la has visto atrapar una paloma,
con su fuerte pico y sus garras,
estrellarla y sacudirla contra el suelo,
y devorar sus entrañas.
Cae la lluvia incansable,
sobre el patio de armas,
sobre las escalinatas,
rezumando de las almenas.
Tus banderas y gallardetes
penden fláccidos de sus mástiles.
¿Qué ocurre?
¿Qué le pasa a tu caballo?
¿Por qué relincha de terror?
¡Por Thor!
¡Hay una brecha!
¡Ha conseguido llegar!
Te apresuras a vestir la cota
y empuñar la espada.
Inspiras hondo.
Y te encomiendas a Guilgalad.

(Abril, 2008)
Teresa Coscojuela
La Luna me llama. Me voy con ella. Seré feliz allá arriba entre constelaciones silenciosas y lágrimas de cristal tallado. Nada mejor para mí. Para olvidar traiciones de dolor inmenso y abismal.
Pero... ¿De veras son traiciones? No. No lo son. Solo un vano espejismo de los sentidos. Nayade inocente que has querido surcar las aguas sin tener en cuenta que tus brazos son débiles y tu corazón mucho más.
¡Luna! Diosa de las mareas. Encumbras y hundes por igual. Amada y odiada al mismo tiempo, tu influjo es irresistible y tu poder soberano.
¡Oh, Luna! ¡Luna! ¡Oye mi lamento de dolor!
No me abandones ahora. Acógeme en tu regazo de plata y acúname con dulzura. Mi cuerpo hecho un ovillo se dará sin resistencia. Entonces podrás empuñar la daga y hacer cumplir la profecía.
Arcana profecía que nadie sabía. Pero que siglo a siglo se escribía. Con polvo de estrellas y parpadeos de tímidos luceros.
No escondas tu rostro, Luna de Plata. Levanta la vista y sigue adelante.
Solo cuando yo no esté... podrás hacer tu voluntad.
(Septiembre 2006)
Teresa Coscojuela




Ya sólo eres Luna,
ni de Plata ni Negra.
Demasiadas lágrimas.
Demasiado dolor.
Almas negras te acosan
y la tuya se anega en un mar de llanto.
Paseas y encuentras
lo que no quisieras encontrar.
Por mucho que hayas decidido ignorar,
lo tienes ahí.
Una y otra vez te lo encuentras
en cada recodo del camino.
Viene el Gran Guerrero y te arenga.
Te apresuras a sorber tus lágrimas y a seguirle.
Pobre Luna que nadie te quiere.
Eres importante para muchos,
aunque tú no entiendas por qué.
Entre nubes de ilusión
y desilusiones del corazón
te preguntas una y otra vez lo de siempre,
“¿Cuándo?”
Teresa Coscojuela
